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MIEDO A LA ORATORIA

ORATORIA Y MIEDO

 

Pánico a hablar en público, ansiedad, angustia, en definitiva, sensaciones derivadas de una emoción báscia: EL MIEDO

 

El miedo, inseguridad, falta de confianza para hablar en público responde, en la mayoría de los casos, a un factor determinante: La vulnerabilidad. Cuanto más rechazamos nuestros defectos, más miedo les tenemos,y más nerviosos nos ponemos. Aquellos que aceptan sus vulnerabilidades, pueden sentir una sensación de estar cómodos consigo mismos, y por lo tanto transmitir confianza. Como menciono más adelante, el miedo no es el problema, el miedo nos avisa de un problema.
 Esta notá le será útil a todos aquellos que quieran saber algo más sobre sus miedos, y qué hacer con ellos. No solo para la oratoria, sino también para miedos reales o psicológicos, miedos inminentes o miedos inmediatos.

 

Que pasa cuando sentimos miedo?

La sangre va a los músculos esqueléticos grandes, como los de las piernas y así resulta más fácil huir, y el rostro queda pálido debido a que la sangre deja de circular por él (creando la sensación de que la sangre se hiela). Al mismo tiempo el cuerpo se congela. Se desencadena un torrente de hormonas que pone al organismo en un estado de alerta general, haciendo que se prepare para la acción, y la atención se fija en la amenaza cercana, lo mejor para evaluar qué respuesta ofrecer.

 

Significado del Miedo

 

Ha habido más investigaciones sobre el miedo que sobre cualquier otra emoción, probablemente porque es fácil de despertar temor en casi cualquier animal. La amenaza de daño, ya sea daño físico o psicológico, caracteriza a todos los factores desencadenantes de miedo y sus variantes. El peligro de daño físico, y cualquiera de sus variaciones que aprendamos que puede o podría perjudicarnos de algún modo, ya sea física o psicológicamente, disparan al miedo. Así como la restricción física es un disparador inconsciente de la ira, existen desencadenantes inconscientes del miedo: un objeto arrojado rápidamente a través del espacio que nos va a golpear si no nos movemos para eludirlo, la pérdida súbita de apoyo de modo que nos caemos en el espacio y la amenaza de dolor físico.

 

Podemos aprender a tener miedo de casi todo. No existe duda de que algunas personas tienen miedo a cosas que, en realidad, no representan ningún peligro, como el miedo de un niño a la oscuridad. Los adultos, así como los niños, pueden tener temores infundados. Se requiere de una capacidad bien desarrollada para la compasión, respeto, simpatía y paciencia para tranquilizar a alguien que tiene miedo de algo de lo que no tenemos miedo.

 

Podemos hacer casi cualquier cosa o absolutamente nada cuando tenemos miedo, dependiendo de lo que hemos aprendido en el pasado acerca de lo que nos puede proteger de la situación en la que nos encontramos. Los estudios en animales y otras investigaciones, sugieren que la evolución puede favorecer a dos acciones muy diferentes: ocultarse o huir. Durante el miedo, la sangre va a los grandes músculos de las piernas, preparándonos para la huida. No obstante, eso no significa que vamos a huir, sólo que la evolución nos ha preparado para hacer lo que ha sido más efectivo en cuanto a la adaptabilidad de nuestra especie en la historia.

 

Muchos animales al principio se congelan cuando se enfrentan a un peligro, como un depredador potencial, presumiblemente debido a que esto disminuye la probabilidad de que sean notados. Si no se congelan o huyen, la siguiente respuesta más probable es que se enojen ante cualquier amenaza. No es raro experimentar miedo e ira en rápida sucesión. No hay evidencia científica certera acerca de si somos capaces de experimentar dos emociones en el mismo instante, pero en la práctica puede no importar. Podemos alternar entre el miedo y la ira (o cualquier otra emoción) tan rápidamente que los sentimientos se fusionan. Si la persona que nos amenaza parece ser más potente o fuerte que nosotros, es probable que sienta miedo en lugar de la ira, pero aún podemos, en ciertos momentos, o después de escapar, enfadarnos con la persona que nos ha amenazado. También podemos estar enojados con nosotros mismos por haber sentido miedo, si creemos posteriormente que deberíamos haber sido capaces de hacer frente a la situación sin miedo.

 

A veces no hay nada que podamos hacer cuando enfrentamos a un gran daño posible. Sin embargo, sucede algo muy interesante cuando somos capaces de hacer frente a una amenaza inmediata y agravante: las sensaciones y pensamientos desagradables que caracterizan el miedo pueden no ser experimentadas y, en su lugar, la conciencia puede centrarse en la tarea o acción disponible para hacer frente a la amenaza.

Investigaciones recientes han encontrado tres formas en que el miedo varía en función de si la amenaza es inmediata o inminente. En primer lugar, las diferentes amenazas dan diversos resultados en el comportamiento: la amenaza inmediata por lo general conduce a la acción, mientras que la preocupación acerca de una amenaza inminente conduce a una mayor vigilancia y a la tensión muscular. En segundo lugar, la respuesta a una amenaza inmediata es a menudo “analgésica” reduciendo las sensaciones de dolor, mientras que la preocupación acerca de una amenaza inminente aumenta el dolor. Y por último, hay una cierta evidencia para sugerir que una amenaza inmediata y una amenaza inminente afectan a distintas partes de la actividad cerebral.

El pánico está en marcado contraste con la respuesta de una persona a una amenaza inmediata. La familia de las experiencias terribles se pueden distinguir en función de tres factores:

•Intensidad: ¿Qué tan severo es el daño que puede causar la amenaza?

•Tiempo: ¿Es el daño inmediato o inminente?

•Enfrentamiento: ¿Hay acciones que pueden tomarse para reducir la amenaza?

 

Cuando somos conscientes de tener miedo, es difícil sentir cualquier otra cosa o pensar en otra cosa durante un tiempo. Nuestra mente y nuestra atención están centradas en la amenaza. Cuando hay una amenaza inmediata nos centramos en ella hasta que la eliminamos, si nos encontramos con que no podemos, nuestros sentimientos pueden convertirse en el terror. La anticipación de la amenaza de un daño también puede monopolizar nuestra conciencia durante largos períodos de tiempo o tales sentimientos pueden convertirse en episodios que regresan de vez en cuando, irrumpiendo en nuestros pensamientos cuando se trata de otros asuntos.

 

Los ataques de pánico son siempre episodios. Si se mantuviesen durante varios días sin cesar la experiencia puede ser tan debilitante que la persona presa del pánico podría morir de agotamiento.

 

Una amenaza inmediata de daño centra nuestra atención, nos moviliza para hacer frente al peligro. Si percibimos una amenaza inminente, nuestra preocupación por lo que podría ocurrir puede protegernos, nos advierte haciéndonos más atentos.

 

El núcleo del miedo es la posibilidad de dolor, físico o psicológico, pero el dolor en sí mismo no es considerado por ningún teórico de la emoción o investigador una emoción en sí misma. Algunos podrían preguntar: ¿Por qué no es el dolor una emoción? Sin duda, puede ser una sensación muy fuerte que centra nuestra atención. Silvan Tomkins responde a esta pregunta y, aunque escrita hace cuarenta años, sigue teniendo vigencia actualmente; el dolor, dijo, es demasiado específico para ser una emoción. Cuando sentimos dolor sabemos exactamente donde nos duele pero ¿En qué parte de nuestro cuerpo se encuentran la ira, el miedo, la preocupación, el terror o la tristeza? Al igual que las sensaciones eróticas, cuando sentimos dolor, no existe equivocación sobre el lugar que se siente. Si nos cortamos el dedo, no nos frotamos el codo para calmar el dolor. El dolor y el sexo son extraordinariamente importantes y sentimos muchas emociones sobre ellos, pero ellos en sí mismos no son emociones.

 

Cada una de las emociones que hemos considerado hasta ahora desempeñan un papel importante en los estados de ánimo más duraderos. Cuando nos sentimos tristes por mucho tiempo, estamos en un estado de ánimo afligido. Cuando nos enojamos fácilmente, estamos en un estado de ánimo irritable. Se utiliza el término “ansiedad” para el estado de ánimo en que nos sentimos preocupados y no sabemos por qué nos sentimos de esa manera.

 

Intención Positiva del Miedo

 

Una respuesta interesante que los seres humanos producimos en relación con las emociones en general —y al miedo en particular— es que no sólo las sentimos, sino que además reaccionamos interiormente ante ellas. Y esto genera una segunda emoción. Solemos sentir miedo por algún motivo y, a continuación del miedo, podemos experimentar vergüenza, humillación rabia, impotencia, etc., por tener miedo. Es decir, siempre tenemos una doble reacción. El miedo, por lo tanto, no es algo equiparable a una fotografía, a un instante estático, sino que se parece más a un filme en el cual la secuencia es: a) registro de una amenaza, b) reacción de miedo, y c) la respuesta interior a esa reacción de miedo.

 

La respuesta interior al miedo es de gran importancia, porque según sea su calidad actuará atenuando o agravando el miedo original. Puedo sentir miedo, y entonces enojarme o frustrarme por sentir ese miedo, lo que posiblemente me genere más miedo. Es decir, cuanto más lo rechace, más miedo tendré.

 

El miedo es, sin duda, una emoción universal. Todos hemos vivido esa experiencia, y, sin embargo, nos vinculamos con él con un alto grado de desconocimiento e ineficacia. Ese desconocimiento se pone de manifiesto en la actitud de descalificación que las creencias culturales han generado, las cuales han convertido al miedo en una emoción indigna. El miedo no es el problema. El miedo está indicando que existe un problema, lo cual es completamente distinto. Por lo tanto, el error que cometemos es convertir en el problema mismo lo que en realidad es una señal que indica la existencia de un problema —y que nos daría la posibilidad de resolverlo.

 

Suele ocurrir que si por sentir miedo uno ha sido rechazado, descalificado, tildado de cobarde, etc., poco a poco vaya anestesiando la percepción de su miedo (mecanismo neurótico). Ya no lo registra y frecuentemente desemboca en el: «¡No tengo miedo!» Al no contar con esa señal, arremete contra el desafío que tiene delante sin reconocer qué recursos son necesarios para hacerlo. Quien así actúa es quien mejor conoce el resultado final más frecuente: acabar estrellado contra los desafíos, con más heridas que logros. A menudo oímos decir: «Este miedo es injustificado.» Y lo primero que es necesario afirmar es que no hay miedo injustificado. Puede ocurrir que sea un miedo cuyas razones desconozcamos, pero no por eso es injustificado.

 

Dice Norberto Levy: “Es como si alguien le tuviera miedo a las cucarachas y le dijéramos: «Tu miedo es injustificado porque a mí una cucaracha no me asusta», o «Una cucaracha no puede hacerte nada…». Si a nosotros no nos asustan es porque contamos con los recursos adecuados para enfrentar esa experiencia, pero eso no significa que el otro necesariamente deba tenerlos.” Algo similar ocurre con los otros miedos aparentemente injustificados. Por esta razón, cuando digo que tal o cual miedo es injustificado, en realidad estoy estrechando el Universo al tamaño de mi universo, lo que en PNL conocemos como “hacer de mi mapa una realidad única”

 

De ahí surgen los repetidos consejos: «¡No le des importancia a ese miedo!; ¡Olvídate del miedo…!; ¡El miedo es mal consejero!», etc. Tales recomendaciones se apoyan en la creencia de que el aspecto miedoso «nunca haría nada», que es así por naturaleza y que no va a cambiar. Se trata de una creencia completamente errónea que hace mucho daño al aspecto temeroso. Por lo tanto, deja sus secuelas perturbadoras: podemos «hacer que no lo escuchamos», pero él sigue ahí, cada vez más descalificado y asustado porque le sucede lo peor que puede ocurrirle al as- pecto miedoso: no ser escuchado. Al no escucharlo se pone en marcha un círculo vicioso: cada vez pronostica situaciones más catastróficas, pero lo hace, en el fondo, para ser oído; y eso mismo es lo que hace que lo escuche menos y pierda credibilidad como consecuencia de sus propias exageraciones.

 

Funciones de la Expresión Facial del Miedo

 

Las expresiones faciales cuando estamos preocupados de algún daño inminente, o asustados si la amenaza es grave, notifica a los demás que la amenaza está al acecho, advirtiéndoles para evitar el daño o reclutándolos para que nos ayuden a hacer frente a la amenaza. Si aparentamos estar preocupados o miedosos cuando alguien nos ataca (o está a punto de atacarnos) puede causar que el atacante de marcha atrás, convencido de que no seguiremos haciendo lo que lo provocó al inicio, por supuesto que no siempre puede ser este el resultado. Un atacante en busca de una víctima fácil puede interpretar una expresión de miedo como una señal de que no vamos a luchar y será fácilmente superado. Asimismo, los signos de nuestro pánico deben motivar a otros a ayudar o tranquilizarnos.

 

 

Como vemos en el emoticon, las cejas se juntan hacia el entrecejo y se levantan un poco, los párpados superiores se levantan, y los inferiores se tensan. Las boca se estira hacia atrás. Cuando el miedo es muy grande, la boca puede incluso hasta abrirse un poco, pero no debe confundirse con la sorpresa.

 

Considero que el miedo es sano, e incluso útil. Mi mejor analogía es compararlo con el estrés. El estrés es bueno, porque nos alerta, pero cuando el estrés se produce por factores psicológicos y por sobretodo inexistentes, comienza a hacerle daño al organismo, porque no estamos preparados para permanecer estresados tantas horas. Con el miedo ocurre algo similar. Es bueno sentir miedo si voy a cruzar una avenida con el semáforo en rojo, pero se transforma en algo disfuncional cuando ese miedo responde a imaginarios de mi mente.

 

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